En la falda suroriental de la Sierra Nevada de Santa Marta, la montaña costera más alta del mundo, el Pueblo Indígena Kankuamo monitorea sus bosques con drones y tecnología GPS mientras sus mujeres custodian semillas nativas en una casa que huele a tierra mojada. Dos tecnologías que conviven con una sola intención: proteger el territorio y que siga siendo habitable para futuras generaciones.
Según datos del Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Humboldt, el bosque seco tropical es el ecosistema más amenazado de Colombia y ha perdido cerca del 90% de su extensión original. No es el más famoso ni el más fotografiado, aunque sí el más deteriorado hasta ahora. Lo que queda, que es menos de un millón de hectáreas fragmentadas entre el Caribe, los valles interandinos y la Orinoquía, actualmente se enfrenta a conflictos con la ganadería, la agricultura extensiva y los incendios forestales.


